No encontraba el momento para relataros mi parto, supongo que porque mi cabeza trata de olvidar algunos de esos momentos malos para solo quedarse con los buenos.

Dicen que de lo que no se habla se olvida, pero yo sigo recordando, incluso sintiendo cada hora en aquél paritorio donde pude sentir momentos tan dispares como los de peor sufrimiento y la mejor de las recompensas.

Me encontraba en la semana 41+1, tenía monitores un domingo a las 10 de la mañana, y yo rezaba para ya quedarme ingresada y que se desencadenase el parto, reconozco que me podían las ansias y que mi cuerpo la última semana ya había dicho basta y no me dejaba descansar. Estaba físicamente agotada.

Tras la sesión de monitores, la ginecóloga en consulta me dijo que aparecían ya contracciones, yo sinceramente no las había sentido pero tampoco sabía como era una contracción.

Imagen con la que anunciaba a los míos el ingreso

El susto vino cuando me explicó que en una de las contracciones el ritmo cardiaco de Duna había disminuido, me tranquilizó cuando me dijo que esto podía no volver a ocurrir pero que por precaución iban a comenzar la inducción de inmediato.

Recuerdo explicarle a Javi lo ocurrido en consulta nerviosa, por el tema covid nos atienden a nosotras solas y ellos esperan pacientes en las salas. Inmediatamente llamé a mi madre para contarle que nos quedábamos y susurrarle a gritos en las escaleras de emergencia, porque apenas había cobertura, el motivo del ingreso mientras yo agradecía que se fuese la cobertura y así disimular mi voz entrecortada por el miedo.

No sé describir la sensación de aquella hora mientras esperábamos los resultados de la pcr, eran nervios, estaba preocupada, estaba contenta y tenia miedo, todojunto.

A las 12 nos daban el ok de las dos pcr negativas, un problema menos en mi cabeza el pensar en algún positivo y pasar por ese momento sin Javi.

Nos dieron el primer paritorio, el que tiene una bañera en mitad que curiosamente no se puede utilizar porque no cumple la normativa, me puse el camisón del hospital y mis zapatillas y empezamos.

La ginecóloga me explicó el proceso que íbamos a seguir, por mi cesárea previa habían decidido optar por la opción menos agresiva pero más lenta, de ese modo mi útero y cicatriz interna de la cesárea no sufriría tanto.

Me colocaron unas correas para controlar en todo momento la frecuencia cardiaca de la niña, el primer problema que me encontré fue que no había correas específicas y me las sujetaron con unas vendas, una solución a corto plazo ya que a nada que me movía se despegaba de mi barriga el monitor y no detectaba la frecuencia, saltaba la alarma y venían a ver que ocurría, así hasta que Javi, que en todo este tiempo se hizo un experto en partos, aprendió donde desactivar la alarma cada vez que se despegaban los monitores.

Para comenzar la dilatación optaron por colocarme un balón vaginal que favorece a la dilatación del cuello uterino, se trata de un proceso mecánico que dura 12 h, debía tener dentro el balón hasta las 2 de la madrugada. No pude ver el balón pero era muy pequeñito, con él, te dejan 3 sondas colgando hacia el exterior, de una de ellas debes tirar un poquito de vez en cuando para dilatar.

Decidí empezar a moverme para que todo fuese más deprisa, anduve por la habitación, meneaba las caderas y usaba la pelota de pilates, aunque ya tenía bastante hambre, hasta las 17.00h que sorprendentemente empezaron a llegar las desconocidas contracciones.

Momentos de espera

Al principio fueron como dolores tenues de regla, pero más deprisa de lo que me esperaba esos tenues dolores pasaron a dolores fuertes que me dejaban pálida, sin fuerza, como los dolores de una diarrea muy fuerte.

Para paliarles me enseñaron a agarrarme a la cama y tirarme hacia atrás mientras estaba sentada en la pelota, era la única postura que me favorecía en cada contracción, yo estaba convencida de que aquello se iba a desencadenar rápido, si no de qué aquellas contracciones.

Sin embargo la matrona me explicó que mi cuerpo estaba detectando la pelota interna como un cuerpo extraño y que estaba reaccionando en forma de contracción.

Aguanté con esperanza hasta las 2 de la madrugada, con mucha contracción pero muy intermitentes, lo que me dejó descansar en varios momentos y poder echar alguna cabezada entre una y otra.

Llegaron las 2 y al retirarme la pelota la sorpresa es que no he dilatado casi nada, apenas las los 2 cm que mide la pelota. Deciden empezar con la oxitocina en dosis muy pequeñas, por el anterior motivo, mi cesárea.

Las contracciones cada vez son más fuertes y yo empiezo a no soportarlas.

El equipo médico viene cada dos horas a revisar mi dilatación, colocarme las vendas de las correas de monitores y medirme la temperatura, 37,4 rondaba por aquel momento.

A las 4.30 de la madrugada, viendo que sigo en 2cm, deciden romper la bolsa para acelerar la dilatación.

Momentos de mucho dolor, maquillados por bromas de Javi, a quién agradeces, coges de la mano, abrazas buscando consuelo al dolor, pero quien recibe más de una mala contestación por mi parte.

Pensaba cada minuto en todas esas madres que paren en soledad y no lograba entenderlo, otras veces le apartaba para así tener mi espacio, son momentos que no encuentras consuelo al dolor, que no encuentras postura, y ningún consejo te alivia.

Durante esas horas pasé, las que pensaba, peores horas, las contracciones se hacían insoportables y aguanté hasta las 7,30h de la mañana, hora en la que toqué el timbre pidiendo la epidural.

La matrona me recomendaba esperar, porque podía relentizar el parto, pero yo seguía a 2 cm sin avanzar en la dilatación y ya no soportaba el dolor.

Me colocaron la epidural hacia las 8.15h y aunque fue un momento complicado porque debía estar quieta para colocar el catéter, cada vez que venía una contracción tenían que parar el proceso.

Rápidamente comencé a sentir que la pierna izquierda se me dormía y dejaba de sentirla, sin embargo la derecha parecía resistirse.

Hubo nuevo cambio de turno, el tercero en el parto, y la nueva matrona vino a presentarse, al observar mis monitores medio descolgados, lo primero que hizo fue retirarles y ponerme una sonda interna que media directamente la frecuencia de la niña. Fue un gran alivio para mí el poder despreocuparme de las correas, tenía más movilidad.

El dolor de las contracciones desapareció durante la primera hora, pero pasado ese tiempo llamé para que vinieran a revisar por qué seguía sintiendo con normalidad la parte derecha.

Cuando venían me aplicaban una dosis de epidural y conseguían que me desapareciese el dolor, pero esto solo me duraba poco más de una hora y los dolores de las contracciones volvían a aparecer.

A las 12.00h dilataba a 3 cm y los dolores se volvían insoportables, no entendía por qué con la epidural sentía dolor, me quejaba y me administraban nueva dosis y así aguanté hasta las 15.00h que continuaba a 3cm.

Ese momento fue crucial, llevaba casi 30h de trabajo de parto y no había dilatado apenas. La matrona se planteó la cesárea, pero le dio una nueva oportunidad al tiempo y decidió esperar una hora más.

No sé qué pasó en esa hora, solo recuerdo que sentía tanta presión abajo que sentía que me caía, las contracciones cada vez eran más fuertes y mientras la parte izquierda estaba completamente muerta la derecha sentía cada movimiento.

A las 16.00h comencé a dilatar hasta llegar a completa a las 17.00h, fue una hora larga, muy larga en la que me agarraba a la cama en cada contracción sin fuerzas mientras pensaba en que sería incapaz de llegar al expulsivo, no tenía fuerzas.

Llamaron al anestesista del nuevo turno, tras mi insistencia en que aquello no iba bien, la epidural no me había funcionado desde el principio, el catéter estaba ligeramente desviado hacia la izquierda, intentaron recolocarlo pero no había tiempo, debíamos pasar a la fase expulsiva.

Recuerdo la cara de la anestesista, me cogía del hombro y me dijo que no se movería de allí hasta que yo no la necesitase. Me administraron algo por vena, para paliar el dolor, desconozco qué fue, pero sí me ayudó.

En el expulsivo estaba muy nerviosa, me colocaron un arco con una sábana atada, cuando llegase la contracción debía trepar por la sábana hasta llegar a tocar el arco, eso favorecería la expulsión, lo intenté en tres ocasiones pero no tenía fuerzas.

Entre pujo y pujo descansaba, el equipo me animaba mientras me decía lo increíble que era que no hubiese perdido la sonrisa.

Se sumaron médicos nuevos, y una de ellas se hizo paso entre todas para tomar las riendas del momento. Quitó e arco, y me dirigió hacia un par de agarraderas que había a cada mano. En cada contracción me gritaba animándome con efusividad, me sacó la fuerza de donde no la tenía, me dio la energía que yo necesitaba, y mientras Javi me ayudaba aguantándome la espalda mis lagrimas corrían por el surco de mis ojos haciendo la imagen borrosa, temblaba del esfuerzo, temblaba de la presión, el dolor ya no importaba, canalizaba toda mi fuerza en que Duna saliese intacta.

«Estate preparada» le comentaba la doctora a otra mientras agarraba las que parecían tijeras.

A las 18,19h Duna venía al mundo, 3730kg de amor.

Duna 22/02/2021 18.19h 3.730kg

Me la pusieron al pecho mientras yo sentía lo calentita y pequeña que me parecía.

Mientras, sacaron la placenta, que no vi y me cosían una episiotomía de 6 puntos, que luego resultaron más.

Ya nada importaba, ya nada dolía, ya estaba en mis brazos y yo no podía soltarla.

Ahora puedo decir que sin duda ha sido el día que más he sufrido en mi vida, que no ha sido el parto que hubiese deseado, ni que me había imaginado, pero fue el que me trajo a Duna sana.

El más bonito de los regalos.

Soy consciente de que un parto inducido no es un parto natural, de alguna manera nuestro cuerpo no se ha decidido aun a parir y no está preparado, por eso duele más, porque todas esas hormonas, oxitocina, dilatación no se producen de manera natural, se fuerza de manera artificial con la inducción.

Desde aquí agradecer la atención de cada uno de los profesionales que me atendieron durante las mas de 30 horas de parto, sé que no todo salió como se esperaba y que seguramente algunas cosas podían haberse evitado, pero entiendo que todos intentaron lo mejor para mi y que hay cosas que fallan y no precisamente por errores humanos. Estoy más que agradecida y así se lo hice saber cuando salía en camilla hacia planta con mi hija en brazos.

Duna vino al mundo para demostrarme que yo era más fuerte de lo que me pensaba y que juntas lo somos aún más.

Duna y mamá

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