Despedirse sin decir adiós es difícil para nosotros, incomprensible para los diminutos.

Un paso más de esta nueva normalidad absurda para los mayores y desconcertante para los pequeños.

Nos toca inventarnos de nuevo la manera para que entiendan que después de 99 días en casa llegan las esperadas vacaciones, sin fin de curso, sin su primera excursión, sin el abrazo de sus amigos o la despedida de sus profesoras.

Hoy, que por fin se acaba el estado de alarma, los padres acudimos al cole, sin niños, a por sus materiales. Explicándoles, una vez más, incoherencias como el que ayer si podían jugar en la terraza de un bar con niños pero hoy no pueden pisar su cole. 

Hoy somos los padres los que nos despedimos con pena recordando el primer día en su cole grande, llenos de emoción por el reencuentro con sus amigos y la seguridad al dejar a tus hijos con profesores conocidos. 

Y este tiempo he pensado mucho en ellos, todos esos profesores en la sombra, tecnológicamente reintentados, que no han abandonado a sus pequeños ni un solo día haciéndoles sentir que estaban ahí, que esta vida parada, continuaba con su canción mañanera. 

Profesores que han sabido traspasar pantallas y colarse en nuestras casas.

Gracias, por no dejarnos solos a los padres, por enviarnos propuestas, retos o actividades ayudándoles a pasar eternas horas aislados de un mundo que un día se paró para los niños.

Gracias por estar presentes entre tanta ausencia.

Mientras asimilo una despedida sin adiós, ansío un nuevo curso con abrazos y sin distancias.

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