Hacía mucho tiempo que tenía ganas de conocer el refugio, por el sitio, por la aventura y por lo que significa para la familia.

Allí arriba el refugio guarda muchos recuerdos, tantos que cuando estás llegando empiezas a sentir ese calor familiar, llega él y llegamos nosotros.

Perdido a más de 1,500 metros de altura, en un valle rodeado de montañas como Peña Prieta, Coriscao, Tres Provincias… un lujo de paisaje bañado de riachuelos que bajan de los picos donde descansa en paz parte de uno de los nuestros. El chalet de la montaña lo llamaba ella.

Juntarnos a casi todos los primos nunca ha supuesto un gran problema, será que sabemos que el buen ambiente y las risas están aseguradas.

Subimos en tandas, unos el viernes a la tarde otros por la noche y el resto el sábado, 18 adultos y 3 pequeñas que comimos, bebimos, dormimos, jugamos, bailamos, charlamos y nos divertimos.

3 días duró nuestra aventura, sin teléfonos, sin otra comunicación que con los que estábamos allí u otros montañeros que se acercaban al refugio.

El acceso es largo, sobre todo para India que el último tramo del puerto de San Glorio se le hizo pesado, nunca se había mareado, lo notamos tanto en la ida como en la vuelta.

Fue curioso llegar y estar rodeados de caballos y vacas, vacas que se asomaban a las ventanas, con sus crías, por todos sitos, en consecuencia un “campo de minas” nos acompañaba peeeero… sarna con gusto no pica.

Las niñas jugando, libres en campo abierto, con esa paz, rodeadas de montañas, respirando aire puro por el día y el olor a chimenea por las noches. Algo que nos hace falta a todos de vez en cuando.

Dormir en literas, todos juntos, a mi me encanta pese a los ronquidos, será que estábamos tan a gustito que yo también pequé alguno que otro, pero no hay nada que unos buenos tapones no puedan arreglar 🙂

Despertarse pronto, desayunar en la calle, con los caballos, ver como asoma el sol entre las montañas, los más en forma rutenado por los picos, el resto pasando la mañana haciendo collares de margaritas, tumbados al sol, leyendo o simplemente observando el paisaje, hacer la comida todos juntos, tomarse unas cervezas sentados en el prao, alguna siesta de pijama y orinal, unos juegos de golf improvisados, ver ponerse el sol, hacer una buena barbacoa y despedirse del día observando un mar de estrellas en el cielo, eso es disfrutar.

 

Dicen que el refugio nunca defrauda y engancha,

mi duda es si es el sitio o lo que lo rodea.

 

Volveremos.

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